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Jugar es "la actividad original y primera de la vida; es siempre espontánea, lujosa, de intención superflua, es libre de expresión de una energía preexistente". Ortega (1967).
Pero no es porque sí que educación y juego figuran juntas en la formulación del 7º derecho del niño. Jugar no es sólo un pasatiempo o una diversión; también es un aprendizaje para la vida adulta. Si bien el juego es más un disfrute de medios que un esfuerzo destinado a algún fin en particular, es a través del mismo que el niño va aprendiendo a conocerse a sí mismo, va adquiriendo una identidad social desde la cual puede interpretarse e interpretar las cosas que lo rodean. Más aún, el juego inicia la relación con la realidad e introduce al niño en el mundo de las relaciones sociales de una manera placentera.
En los juegos se aprende de la realidad, de la fantasía... se aprende “el ser y la posibilidad del no-ser” (Smith, 1980). Evidentemente, por superfluo que parezca, esto representa la invalorable posibilidad que tiene el niño de irse discriminando de su entorno, de los demás y de ir encontrando su lugar en el mundo. En este sentido, jugar no sólo es una actividad natural sino un "aprendizaje para el desarrollo" (Vygotsky, 1989). Y de hecho, es en los períodos en que más aumenta el conocimiento de sí mismo, del mundo físico y social, que el juego se produce con mayor frecuencia. Por lo tanto, es de esperar que esté íntimamente relacionado con las áreas y etapas del desarrollo del niño.
Sin entrar a analizar éstas etapas (tema sobre el cual hay mucho escrito), a grosso modo se puede decir que el juego del niño tiende siempre hacia a la representación, a la simbolización; a la abstracción "del acto al pensamiento". Y efectivamente, muchas madres constatan cómo sus hijos van transformando sus primeros movimientos en juegos que más tarde devienen en simbolismos y abstracciones. En función de esta tendencia se han hecho algunas clasificaciones de juego que incluyen, por ejemplo, juegos sensorio-motores (donde los más pequeños obtienen placer a partir de su dominio de capacidades motoras y de experimentar en el mundo del tacto, la vista y el sonido); juegos simbólicos; y juegos reglados (donde niños más grandes incluyen actividades regladas que pueden involucrar trabajo en equipo).
Lamentablemente, vivimos en una sociedad que ha olvidado y subestimado el valor del juego, o peor aún, una sociedad que encuentra al juego poco rentable. Es frecuente escuchar a padres (muy bien intencionados) hablar de la “educación” de sus hijos aludiendo a cursos, clases, actividades... ninguna de las cuales incluyen jugar. Jugar por jugar, jugar a los viejos juegos de nuestras abuelas, jugar a disfrazarnos, jugar con pocos materiales que abren un infinito de posibilidades. Otros, han hecho del juguete el juego. No dan abasto las tiendas que ofrecen juguetes de todas formas, tamaños y colores, algunos muy interesantes claro, pero otros que ¡juegan solos!: el niño no tiene más que mover una perilla y mirar.
Si algún objetivo tiene este breve artículo es el de recordar el incalculable valor del juego en el desarrollo de nuestros niños: en su habilidad para comunicar, expresar, crear, disfrutar... habilidades todas que los ayudaran a adaptarse a la cultura y transformarla.
Dejemos jugar a los niños, démosle tiempo y espacio. Es su derecho y nuestra obligación.
“... a jugar, a cantar, todos los niños del mundo merecemos un lugar...” R. Rada
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